Compliance con propósito: de la norma a la cultura de integridad
En las organizaciones resilientes, el cumplimiento normativo se entiende como un medio para consolidar una cultura de integridad donde la ética emana de un propósito compartido. En donde el desafío no reside únicamente en mitigar riesgos, sino en inspirar una conducta colectiva que priorice lo correcto, transformando el compliance en un activo estratégico y humano.
“De partida, tenemos la libertad para decidir cómo vamos a actuar. Creo sinceramente que ninguna sociedad puede funcionar si sus miembros no mantienen una actitud ética” (Carolina Altschwager)
Bajo este contexto, Fundación Generación Empresarial (FGE) invitó a nuestra socia fundadora Carolina Altschwager a exponer y conversar sobre la forma de abordar estos temas, y en donde cumplir es solo el punto de partida, pues el compliance conectado con el propósito, puede no solo impulsar conversaciones que fortalezcan la cultura de integridad en una organización, sino, literalmente, cambiar un país.
Al inicio del encuentro, al preguntar a los asistentes por las principales dificultades que enfrentan para abordar las brechas entre el cumplimiento de normas y los principios éticos de sus organizaciones, surgieron respuestas que reflejan bien este desafío:
Compliance muchas veces se ve como una piedra de tope
Cuesta transmitir su valor y llevarlo a KPI
Se percibe como una norma más
¿Por qué cambiar algo que funciona?
Lo que vimos, y que se repite en múltiples organizaciones, es una brecha evidente. El compliance sigue siendo percibido muchas veces como una carga o una barrera para el negocio, más que como un habilitador de valor.
Entonces, el desafío y el trabajo por realizar es enorme. Y emerge una idea central: la ética, el propósito y el compliance no son dimensiones separadas, sino profundamente interdependientes. Cuando están alineados, permiten resguardar no solo el cumplimiento, sino también la sostenibilidad del negocio.
Desde nuestra experiencia, la evidencia de la brecha es clara:
un 96% de los líderes considera que la capacidad de abordar temas éticos será crítica para el éxito futuro, pero solo un 43% cree que sus organizaciones están preparadas para hacerlo.
Se reforzó la idea de que informar no es suficiente. La cultura de integridad no se instala a través de normas o capacitaciones aisladas, sino mediante procesos que logren involucrar y generar sentido en las personas.
“Para avanzar en los temas de ética tenemos que tener conversaciones sobre las cosas que nos importan”
Esto implica abrir espacios reales y muchas veces incómodos de reflexión y escucha, donde las personas puedan entender el propósito detrás de las normas y su rol dentro de ese marco.
En este proceso, el liderazgo es crítico.
Nuestros estudios muestran que quienes están en roles de liderazgo tienden a tener mayores niveles de confianza que el resto de la organización, evidenciando una desconexión en las experiencias que viven unos y otros.
Cerrar esa brecha implica pasar de la instrucción a la construcción de sentido compartido, lo que requiere coherencia, tiempo y liderazgo activo.
Como reforzó María Elba Chahuán, directora de FGE, “hoy es fundamental ser riguroso, ético, tener propósito… porque el mundo cambió. El cliente no valora al que no es ético. Hoy día nos castigan”.
En este escenario, el compliance no puede seguir siendo gestionado solo como un sistema de control.
El verdadero cambio cultural consiste en mover a las organizaciones desde la norma hacia una cultura de integridad.
“Instalar la ética en la vida diaria no solo fortalece la confianza, sino que se convierte en una ventaja competitiva para construir empresas más sostenibles, humanas y relevantes” (Carolina Altschwager)